Mis incursiones a la biblioteca me tienen acostumbrada a libros policiales. No a los de jugoso suspenso, sino a los otros. Ustedes saben.
En estos que leo ahora, el escrupuloso policía repasa las mil tretas del delincuente de poca monta, o bien cuenta con truculento detalle crímenes y descuartizamientos. Todo acostumbra a hacerlo con rimbobantes palabras, para hacer la lectura más amena y el relato más apasionante. En estos libros, el ladrón y el criminal son siempre sujetos vagos: es más importante precaverse de un modo de estafa que conocer el alias del posible estafador. La lección reposa en los modos de hacer, no en sus practicantes.
O al menos eso pensaba hasta hoy. En un volumen publicado en La Habana en 1927, el género policial da otro paso y, para "facilitar el medio de que sean conocidos muchos habituales y contumaces delincuentes", vira de relato costumbrista a galería de ladrones.
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