Mi amor por la U-Bahn viene de larga data. De ella me gusta todo: el olor de ciertas líneas, sus infinitas galerías, los puntos neurálgicos donde cruzan subsuelos superpuestos, el estampado setentoso e impecable de los asientos, la voz en off que te habla durante el viaje, los botones verdes luminosos que abren las puertas, los minutos que marcan cuánto falta para que llegue el tren, la estética siempre cambiante de las estaciones, que siempre haya más de una forma de llegar a alguna parte.
Uno no vive en un barrio ni en una calle. Uno vive en una estación. Será gramaticalmente incorrecto, pero para mí no hay verdad más grande que decir que vivo en Kottbusser Tor. Y ahora que me cambio de casa, aunque más no sea a dos estaciones de distancia, ya empiezo a sentirlo como una traición. Acá quedan los andamios, el olor a pis, la caca de las palomas, los borrachos, los locos, los turcos, los dealers, los policías, los revolvedores de basura, los punks, los acuchilladores, las bacterias y la loca del perro.
Kottbusser Tor es, para mí, una de esas cosas horribles que me encantan.
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