Todavía no me voy de Berlín y ya sé que tengo exceso de equipaje. Por eso, de una semana a esta parte vengo controlándome duramente para no comprar nada que supere los 2cm cuadrados. Vengo esquivando las tiendas con una prolijidad encomiable. No miro vidrieras. Salgo con el dinero justo. Casi que camino mirando el piso. Pero hoy el destino me jugó una treta sucia. Alguien se fue del edificio donde vivo. Decidió dejar, en la vereda, una caja llena de ropa de hombre, un espejo y una mesita de luz. Nada que, siendo mujer, extranjera y estando de paso, hiciera tambalear mi espíritu. Pero en el descanso de la escalera la cosa se puso peliaguda. Había otra caja enorme, llena de comida y enseres varios: conservas, azúcar, café, mermelada, tes exóticos, cereales, especias, frascos y demás. Husmee la caja, revisé, sopesé posibilidades, me tenté, rechacé la tentación. Al final, no pude contenerme del todo y me hice de dos cajitas hermosas de té (cerrado), un molinillo de pimienta rojo retro y una tostadora. Un delirio, lo sé. Pero todos sabemos que las tentaciones -como las obsesiones- nacieron para respetarse.
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