martes, 5 de junio de 2012

día veintidos

Los que pasamos nuestras horas en la Biblioteca solemos conocernos las caras. De tanto sentarnos siempre en el mismo lugar, conocemos a nuestros compañeros de escritorio. Sabemos cuándo hace mucho que no vemos a alguien. Sabemos más o menos nuestros horarios. Eso sí: jamás nos saludamos. Ni siquiera nos dedicamos una mínima sonrisa cuando levantamos la vista del libro y nuestras miradas se encuentran. Salvo algunas excepciones notorias, es probable que todos hablemos el mismo idioma. Pero ahí, todos juntos en territorio extranjero, nos tratamos con el frío desinterés de gente que no tiene manera de entrar en contacto. 

Entre todos nosotros está Frau Ursula, que entrega y recibe los libros con gesto parco. Economiza cada palabra que dice. Sabe a qué hora llegás y cuántos libros pedís. Si te quedás poco tiempo, pone mala cara. También si lees poco o faltás seguido. A falta de tutor que controle nuestras tareas becarias, Frau Ursula es nuestro cancerbero. Como bien saben los historiadores, el bibliotecario es el verdadero dueño de una Biblioteca. Del trabajo del becario también. 

Hoy entramos en zona de penumbra. Entrando al edificio, el chico rubio que siempre trabaja enfrente mío me abrió la puerta y me sonrió al dejarme pasar. Y luego Frau Ursula, mientras me entregaba mi pedido del día, se extendió en un comentario de más de 15 segundos acerca de la dificultad que le representa retener mi nombre italiano. Tengo miedo. Quién sabe qué cambios radicales estén empezando a gestarse en el Universo. 




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