miércoles, 13 de junio de 2012

día treinta

No sé si saben, pero seguro se imaginan. Organizar este viaje a Berlín me llevó tiempo. O más que tiempo, dedicación. El cuaderno que hoy es mi diario de andanzas lo hice con mis propias manos hace más de un año. Le grabé en la tapa el kanji número 40 del I-Ching, esperando el momento de poder abrirlo en Alemania. No estaría mal decir que me entrené mucho para este viaje.

Uno de los preparativos más importantes fue armar mi biblioteca. Además de Bahía Blanca, traje conmigo las Crónicas berlinesas de Joseph Roth: una recopilación de los artículos que le dedicó a la Berlín de los años veinte. Cuando se lo compré a mi librero amigo, allá en Palermo, pensé que podría recorrer la ciudad siguiendo alguno de sus pasos. No pude, o no supe cómo. La guerra, el nazismo y la división dejaron muy lejos esa Berlín de los veinte. Me resigné a leer el libro como si hablara de otra ciudad. 

Hasta que llegué al epílogo y leí: "a Joseph Roth no le gustaba Berlín. Sus vínculos con la ciudad eran estrictamente profesionales. Creció como periodista escribiendo sobre una ciudad que detestaba". Y entonces reconocí aquella Berlín a partir de las sensaciones que causa: parece que uno o bien se enamora de ella, o bien la aborrece, pero nunca hay modo de escaparle. Joseph Roth llegó a decir: "Berlín es un lugar de paso en el que uno se detiene más de lo esperado por motivos de fuerza mayor".

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