sábado, 30 de junio de 2012

día cuarentisiete

Todavía no me voy de Berlín y ya sé que tengo exceso de equipaje. Por eso, de una semana a esta parte vengo controlándome duramente para no comprar nada que supere los 2cm cuadrados. Vengo esquivando las tiendas con una prolijidad encomiable. No miro vidrieras. Salgo con el dinero justo. Casi que camino mirando el piso. Pero hoy el destino me jugó una treta sucia. Alguien se fue del edificio donde vivo. Decidió dejar, en la vereda, una caja llena de ropa de hombre, un espejo y una mesita de luz. Nada que, siendo mujer, extranjera y estando de paso, hiciera tambalear mi espíritu. Pero en el descanso de la escalera la cosa se puso peliaguda. Había otra caja enorme, llena de comida y enseres varios: conservas, azúcar, café, mermelada, tes exóticos, cereales, especias, frascos y demás. Husmee la caja, revisé, sopesé posibilidades, me tenté, rechacé la tentación. Al final, no pude contenerme del todo y me hice de dos cajitas hermosas de té (cerrado), un molinillo de pimienta rojo retro y una tostadora. Un delirio, lo sé. Pero todos sabemos que las tentaciones -como las obsesiones- nacieron para respetarse. 

viernes, 29 de junio de 2012

día cuarentiseis

no quiero a ningún estado; quiero a mi mujer


la frontera no pasa entre arriba y abajo, sino entre vos y yo



jueves, 28 de junio de 2012

día cuarenticinco

De un lado de la calle está Cicciolina, un restaurante italiano con terraza al borde del parque. Del otro lado de la calle está la iglesia evangélica Emmaus. De un lado había al menos cinco plasmas. Del otro, una pared enorme, al lado del altar, sirviendo de pantalla. En un lado italianos enfervorizados gritando y comiendo pizza. En otro, un órgano sonando en vivo mientras duraba el partido. En un lado se festejaron los goles con gritos y abrazos y estampidas y obscenidades. En el otro ni logro imaginarme.





miércoles, 27 de junio de 2012

día cuarenticuatro

hoy a la mañana di un paseo por el nuevo barrio.
si kotti es tumbero, schlessi es decadente. hay diferencia.
pero no tanta: sigue siendo kreuzberg, así que sigue siendo impostadamente cool. 
con ustedes, wrangelkiez:








martes, 26 de junio de 2012

día cuarentitres

la casa donde estoy ahora (todavía me cuesta decirle "mi casa nueva") tiene bañadera y tiene duchador. lo que no tiene es dónde engancharlo. ducharse dándose un baño de inmersión queda para mí descartado. ¿alguien tiene idea de cómo enjabonarse y enjuagarse teniendo sólo dos manos, sin cagarse de frío por alejar el agua y sin siquiera perder el equilibrio?

día cuarentidos

C. es nacida y criada en Berlín. Cuando la gente le pregunta cuánto hace que vive en esta ciudad (no sé si lo dije, pero en esta ciudad hay más extranjeros que alemanes y, de entre estos, más mudados que berlineses), ella contesta que de toda la vida. La gente, que por estar acá desde hace unos cinco años ya se cree local, se hinca a sus pies: "ah, du bist ur-berliner" (queriendo significar que lo es desde antiguo). Y ella los pone en su lugar: "no, yo soy berlinesa, vos no".

domingo, 24 de junio de 2012

viernes, 22 de junio de 2012

día treintinueve


Mi amor por la U-Bahn viene de larga data. De ella me gusta todo: el olor de ciertas líneas, sus infinitas galerías, los puntos neurálgicos donde cruzan subsuelos superpuestos, el estampado setentoso e impecable de los asientos, la voz en off que te habla durante el viaje, los botones verdes luminosos que abren las puertas, los minutos que marcan cuánto falta para que llegue el tren, la estética siempre cambiante de las estaciones, que siempre haya más de una forma de llegar a alguna parte.

Uno no vive en un barrio ni en una calle. Uno vive en una estación. Será gramaticalmente incorrecto, pero para mí no hay verdad más grande que decir que vivo en Kottbusser Tor. Y ahora que me cambio de casa, aunque más no sea a dos estaciones de distancia, ya empiezo a sentirlo como una traición. Acá quedan los andamios, el olor a pis, la caca de las palomas, los borrachos, los locos, los turcos, los dealers, los policías, los revolvedores de basura, los punks, los acuchilladores, las bacterias y la loca del perro. 

Kottbusser Tor es, para mí, una de esas cosas horribles que me encantan. 





jueves, 21 de junio de 2012

día treintiocho

Hoy repasábamos el género de sustantivos alemanes. El profesor nos daba algunas pistas. Las bebidas con alcohol, aprendimos, son siempre masculinas: der Cognac, der Wein, der Whisky. La única excepción es das Bier, porque -para los alemanes- la cerveza no es alcohol. 

Debe ser por eso que tomo y tomo y tomo y siempre llego derechita a casa. 

miércoles, 20 de junio de 2012

día treintaisiete

Podría recordar a la amiga que me enseñó qué hondamente triste es hacer de una ciudad sólo el espacio de la ausencia de alguien: "acá no está, acá tampoco". Desde la ventana de Fuchsbau se veía, hoy a la mañana, un afuera tan gris como el de entonces. 

A punto de sucumbir a la nostalgia que trae la lluvia, me di de bruces, al cruzar la esquina hacia mi casa, con la vieja loca que vengo viendo desde hace rato por el barrio. Anda con una especie de bonete rojo en la cabeza, una bata de toalla, ojotas y una bolsa de plástico. Siempre parece estar hablando sola. Hoy me dijo "Guten Tag" y eso solo bastó para rescatarme de las falsas ausencias.

Horas después, en la U1 hacia Uhlandstrasse, dos turcos subieron al vagón con organito a cuestas. "Nossa, nossa // assim voce me mata // ai se eu te pego // ai ai se eu te pego". La canción la detesto, pero el recuerdo que evoca no lo detesto para nada. La chica de enfrente y yo nos reímos y pagamos.

La lluvia siguió todo el día -todavía llueve- pero la nostalgia se fue con la vieja del bonete.



martes, 19 de junio de 2012

día treintiseis

Gesundgrunnen, U8. Alto en la pared, este cartel. 
Si Berlin fuera Hollywood, esto sería una película.



domingo, 17 de junio de 2012

día treinticuatro

Primero fue la repartición de Berlín, luego el tercio de la URSS, finalmente el muro. Berlín quedó partida en dos, por arriba y por abajo. Arriba fueron los soldados, las paredes, las garitas de vigilancia, los alambres de púas. Abajo también. 

Porque abajo estaba el U-Bahn que recorría Berlín. Hubo líneas que quedaron, completas en su recorrido, en zona soviética. Con esas no hubo problema: fueron estaciones comunistas. Hubo otras que quedaron todas por fuera de esa zona. Tampoco hubo problema con estas: las estaciones no estaban, entonces  no existían.

Pero hubo dos líneas -U6 y la U8- que iban de oeste a oeste cruzando subsuelo oriental por un par de estaciones. Los soviéticos se limitaron a declararlas estaciones fantasmas. El metro occidental, cargado de gente occidental, no se detenía en ellas. Aminoraba la marcha al acercarse, pasaba lentamente por sus andenes, volvía a acelerar cuando los dejaba atrás. La normalidad se restablecía con el reingreso a occidente. En el medio, soldados con metralletas y en garitas de concreto evitaban que lo oriental y lo occidental volvieran a unirse.




Esas estaciones que eran fantasmas para los berlineses occidentales, eran, para los orientales, simplemente inexistentes. Por ellas sólo corrían vagones de metros del oeste que no se detenían. Pero las bocas, abiertas en Berlín del este, estaban clausuradas. La entrada a la estación de Potsdamer Platz, por ejemplo, fue tapiada el mismo día en que se levantó el muro y así quedó, cerrada, durante los siguientes veintiocho años. 




Orwell alguna vez escribió: "Everything faded into mist. The past was erased, the erasure was forgotten, the lie became truth".  Los soviéticos lo siguieron a pies juntillas. A la clausura le siguió el olvido. Las marcas de estas estaciones fantasmas fueron removidas de la superficie. En principio, según parece, para evitar que el habitante de ese pedazo del mundo pudiera identificar posibles vías de escape hacia el oeste. Luego, según agregan, para que ese mismo habitante olvidara las estaciones de metro que hubieron allí una vez y luego, en un sutil ejercicio de atacar la parte para atacar el todo, para que simplemente olvidara.  




 Dicen que, con el tiempo, muchos viejos habían olvidado y muchos nuevos ya no sabían que por abajo de sus pies corría un metro cargado de personas del oeste. Y dicen también que cuando el muro cayó, esas personas se preguntaron, maravilladas, cuándo y cómo se habían restablecido, tan rápidamente, las líneas del U-Bahn, sin entender que nunca habían dejado de estar activas. 







sábado, 16 de junio de 2012

día treintitrés

Hoy subía la escalera de casa con N. Veníamos de una garúa fina luego de una lluvia torrencial. Le decía que me pasaba de entender perfectamente a los berlineses que se desesperaban de alegría ante el más mínimo rayo de sol. Luego de treinta días donde el sol amaga pero rara vez permanece, le decía que me pasaba de sentir esa misma alegría desbocada. Le decía también que eso de sentirme tan berlinesa, tan fácil y tan rápido, no estaba bien.  "Hmm -dijo N.- te hace sentir mal sentirte bien". 

viernes, 15 de junio de 2012

día treintidos

vos estás en clase. adelante tuyo, justo enfrente de tus narices, alguien hace girar un trompo. el trompo es de madera y es hermoso. vos te preguntás qué hace alguien, en esa clase, con ese trompo. a vos te gustan mucho. hace dos semanas acabás de comprarte uno. el trompo sigue girando. alguien, que es el que lo mueve, habla sin mirarte. vos, que mirás cómo el trompo sigue dando vueltas, pensás en "inception". te llega, al pensamiento, la duda del final de la película. antes de que puedas formularla, te llega al pensamiento una certeza. alguien sabe que estás mirando girar el trompo. alguien gira el trompo para que lo mires. alguien está haciendo girar ese trompo para vos. de repente, el trompo cae de la mesa. vos esperás que alguien lo levante, pero no. te distraés. cuando mirás el piso, no ves el trompo. asumís que, cuando no mirabas, alguien lo habría recogido. cinco segundos después, la clase termina. alguien, que siempre se demora, se va como volando. agarrás tus cosas. se te da por mirar la silla junto a la mesa. ahí está el trompo. alguien ya se fue. ¿vos qué hacés? 

miércoles, 13 de junio de 2012

día treinta

No sé si saben, pero seguro se imaginan. Organizar este viaje a Berlín me llevó tiempo. O más que tiempo, dedicación. El cuaderno que hoy es mi diario de andanzas lo hice con mis propias manos hace más de un año. Le grabé en la tapa el kanji número 40 del I-Ching, esperando el momento de poder abrirlo en Alemania. No estaría mal decir que me entrené mucho para este viaje.

Uno de los preparativos más importantes fue armar mi biblioteca. Además de Bahía Blanca, traje conmigo las Crónicas berlinesas de Joseph Roth: una recopilación de los artículos que le dedicó a la Berlín de los años veinte. Cuando se lo compré a mi librero amigo, allá en Palermo, pensé que podría recorrer la ciudad siguiendo alguno de sus pasos. No pude, o no supe cómo. La guerra, el nazismo y la división dejaron muy lejos esa Berlín de los veinte. Me resigné a leer el libro como si hablara de otra ciudad. 

Hasta que llegué al epílogo y leí: "a Joseph Roth no le gustaba Berlín. Sus vínculos con la ciudad eran estrictamente profesionales. Creció como periodista escribiendo sobre una ciudad que detestaba". Y entonces reconocí aquella Berlín a partir de las sensaciones que causa: parece que uno o bien se enamora de ella, o bien la aborrece, pero nunca hay modo de escaparle. Joseph Roth llegó a decir: "Berlín es un lugar de paso en el que uno se detiene más de lo esperado por motivos de fuerza mayor".

martes, 12 de junio de 2012

día veintinueve

Mis incursiones a la biblioteca me tienen acostumbrada a libros policiales. No a los de jugoso suspenso, sino a los otros. Ustedes saben. 

En estos que leo ahora, el escrupuloso policía repasa las mil tretas del delincuente de poca monta, o bien cuenta con truculento detalle crímenes y descuartizamientos. Todo acostumbra a hacerlo con rimbobantes palabras, para hacer la lectura más amena y el relato más apasionante. En estos libros, el ladrón y el criminal son siempre sujetos vagos: es más importante precaverse de un modo de estafa que conocer el alias del posible estafador. La lección reposa en los modos de hacer, no en sus practicantes.

O al menos eso pensaba hasta hoy. En un volumen publicado en La Habana en 1927, el género policial da otro paso y, para "facilitar el medio de que sean conocidos muchos habituales y contumaces delincuentes", vira de relato costumbrista a galería de ladrones. 








domingo, 10 de junio de 2012

día veintisiete

Hoy un grupito de muchachitos irónicos hicieron manifestación. Se pararon enfrente del edificio de policía de Prenzlauer Berg, cerca de Mauerpark. Colgaron unos carteles, se vistieron para la ocasión, sujetaron unas pancartas. Pidieron por un "sábado libre para la policía", por más vacaciones, por jubilación más temprana, por mejor paga. 




Reconocieron que estamos bajo mucho stress, ahora que con tanto manifestante europeo tenemos tanto trabajo. Que por eso necesitamos una jubilación más pronta (para irnos todos de una vez) y por eso necesitamos sábados libres (para que no tengamos que trabajar tanto, con tanto sábado de manifestación). Cuando pasaban colegas de a pie o de a vehículo, vitoreaban y aplaudían. Los paseantes les sacaban fotos. 

A mí no me importó la anti-protesta porque había salido con der Polizeikommissar Gerdt a comprar un jugo de granada. Y cuando estoy con Gerdt se me desdibuja el mundo.





sábado, 9 de junio de 2012

día veintiseis

veníamos caminando con n. por el barrio turco. 
pasamos por al lado de una parada de bus y nos empezó a caer agua. 
poquita, como una lluvia leve. 
miramos para arriba, pero el sol resplandecía. 
no había arriba nuestro gente regando nada. 
caminamos unos pasos más. 
el agua seguía saliendo de arriba del techo de la parada de buses. 
como si hubiera una fuente en miniatura. 
n. aseguró que era un pajarito bañándose.
yo no le creí.
gotitas de agua seguían saliendo disparadas para los cuatro costados.
mucha agua para un pajarito.
pero sí: de pronto el pajarito salió volando, todavía sacudiéndose el agua, como perro.
yo quedé maravillada de que de un pajarito así pudiera salir tanta agua.

viernes, 8 de junio de 2012

día veinticinco

La última vez que estuve acá, la U1 no funcionaba enteramente. De Warschauer str. iba solamente hasta Kottbusser Tor. Eso obligaba a numerosos rodeos para llegar a cualquier parte. El anteúltimo día de mi estadía, por fin la habilitaron. Pero yo ya me estaba volviendo y no pasé del barrio turco.

Este viaje, el destino me hizo encontrar casa a una cuadra de esa estación. Lo tomé como señal de buena ventura. Pero el primer día que aterricé en el andén un cartel informaba que de Warschauer Strasse la U1 llegaba solamente hasta Möckernbrücke. De allí a Gleisdreicke se interrumpía y volvía a retomar camino metros después. Otra vez mi pedazo de Berlín estaba en obras. 

Eso me obligó, todo este tiempo, a seguir líneas tortuosas en vez de caminos rectos. Para ir a la biblioteca del Ibero-Americano, por ejemplo, viajaba dos estaciones, salía de la U1, caminaba 50 metros hasta la U6, viajaba otras dos estaciones, combinaba por un pasillo de otros 50 metros con la U2, viajaba dos estaciones, salía a la calle, bordeaba el Sony Center y luego de unos 600 metros llegaba a la biblioteca. Para ir al curso de alemán, en cambio, subía en Kottbusser Tor, bajaba en Möckerbrücke, tomaba el bus por 7 cuadras, entraba en Gleisdreieck, bajaba en Nollendorfplatz. 

Dejé de creer en la eficiencia alemana hace tiempo. Por eso cuando llegó el día anunciado para el fin de las obras -7 de junio- no me extrañó ver que todo seguía con mampostería. Pero hoy tomé la U1 como siempre, camino a la Hartnackschule. Me bajé en Möckernbrücke. Caminé unos centímetros. Noté algo raro. Vi que nadie se bajaba. Escuché el silencio, en vez de la voz en off que anunciaba el fin del recorrido. No lo pude creer. Y como quien se dispone a cometer un grave error, volví a subir al vagón. Pero anduvo. De repente llegaban estaciones en las que no había estado nunca, y paisajes que no había visto jamás, y estaciones que conocía pero a las que nunca había podido llegar en línea directa. 

A partir de ahora se acaban los devaneos. Es bueno, por fin, viajar en línea recta. 


jueves, 7 de junio de 2012

día veinticuatro

No es que conozca la suficiente cantidad de baños berlineses como para hacer estadísticas. Pero en todos los que llevo transitados hasta ahora, al menos, jamás vi cosa semejante. Se conoce que la Hartnackschule, además de enseñarnos el idioma alemán, debe estar intentando socializarnos a nosotras, sus exóticos alumnas, en los buenos modos de una cultura civilizada.



miércoles, 6 de junio de 2012

día veintitrés

¿qué pasa cuándo se resuelve una incógnita? 


















http://berlinohnebier.blogspot.de/2008/12/ltimo-da-en-berln.html

martes, 5 de junio de 2012

día veintidos

Los que pasamos nuestras horas en la Biblioteca solemos conocernos las caras. De tanto sentarnos siempre en el mismo lugar, conocemos a nuestros compañeros de escritorio. Sabemos cuándo hace mucho que no vemos a alguien. Sabemos más o menos nuestros horarios. Eso sí: jamás nos saludamos. Ni siquiera nos dedicamos una mínima sonrisa cuando levantamos la vista del libro y nuestras miradas se encuentran. Salvo algunas excepciones notorias, es probable que todos hablemos el mismo idioma. Pero ahí, todos juntos en territorio extranjero, nos tratamos con el frío desinterés de gente que no tiene manera de entrar en contacto. 

Entre todos nosotros está Frau Ursula, que entrega y recibe los libros con gesto parco. Economiza cada palabra que dice. Sabe a qué hora llegás y cuántos libros pedís. Si te quedás poco tiempo, pone mala cara. También si lees poco o faltás seguido. A falta de tutor que controle nuestras tareas becarias, Frau Ursula es nuestro cancerbero. Como bien saben los historiadores, el bibliotecario es el verdadero dueño de una Biblioteca. Del trabajo del becario también. 

Hoy entramos en zona de penumbra. Entrando al edificio, el chico rubio que siempre trabaja enfrente mío me abrió la puerta y me sonrió al dejarme pasar. Y luego Frau Ursula, mientras me entregaba mi pedido del día, se extendió en un comentario de más de 15 segundos acerca de la dificultad que le representa retener mi nombre italiano. Tengo miedo. Quién sabe qué cambios radicales estén empezando a gestarse en el Universo. 




lunes, 4 de junio de 2012

día veintiuno

Tuve visitas este fin de semana. A I. le gusta mucho la forma no depilada con que la naturaleza se manifiesta en Berlín. Desde la vegetación selvática de las plazas y jardines, hasta la fauna de los parques y las calles. Cerca de Prinzenstrasse vio unos pájaros que no conocía. Tenían el pecho claro y las patas y las alas negras. En Tiergarten vio ardillas y conejos. Le conté que me dijeron que un poco más en las afueras hay jabalíes. La naturaleza salvaje le premia su predilección con escenas increíbles. El domingo por la tarde caminaba por Kollwitzstrasse cuando un zorro flaco saltó en el aire, tiró una bicicleta y atrapó un cuervo. 

domingo, 3 de junio de 2012

día veinte

acabo de enterarme: no es que la bicicletería venda yerba mate. 
es que se quedó con el stock del negocio de enfrente que tuvo que cerrar. 

viernes, 1 de junio de 2012

día dieciocho

Hoy, por primera vez, puse el despertador para levantarme. Bajé en Potsdamer Platz y me extrañó que en el andén no hubiera nadie. Vi a un alemán tomar mate solo, sin siquiera hacer el amago de convidar. Escuchando unas presentaciones académicas, me di cuenta de que todavía hay gente que pretende ver un pedacito de mundo detrás de una plantilla. Volví a ver, después de meses, un capítulo de TBBT. En el U-Bahn, dos adolescentes resfriados me pidieron una carilina. Adiviné que K. tiene 30 años y que su mamá se llama N. Conocí a alguien que se llama Nga.  Supe que en ruso, la porción de cuerpo que va desde la cadera hasta los dedos tiene toda el mismo nombre. Viajé por siete líneas de metro. Tomé dos buses. Pasé frío. Largo día.