miércoles, 16 de mayo de 2012

día uno

Debí sospechar que algo venía mal parido cuando, embarcando por la puerta 4, un señor quedaba recostado en el piso, las piernas levantadas sostenidas por los pies, un abrigo arrollado bajo su cuello, un coro de médicos alrededor que le aconsejaban paciencia mientras él pretendía levantarse para tomar el vuelo. Arriba vino la demora. Larga. Me hice amiga de mis compañeros de asiento, que venían a una carrera de autos. Al rato el comandante explicó que había habido un desperfecto técnico, pero que ya estaba solucionado y estábamos prontos a partir. Pero no partimos. Seguimos esperando, mis nuevos amigos y yo. Volvió a hablar herr flugkapitän, esta vez para explicar que un pasajero había tenido que ser bajado del avión "por motivos de seguridad" y que habían tenido que remover su equipaje de bodega. Empezamos a mirarnos todos, recelosos. Luego otras nuevas amigas -mamá pintora e hija casi médica- me contarían que vieron cuando una troupe de personal de tierra venía por sendos pasillos para evitar el escape del pasajero misterioso. Seguimos esperando. Arriba del avión se armó clima de fiesta: los muchachos del equipo olímpico de canotaje se gritaban de asiento a asiento. Una nueva comunicación del piloto nos informó que solucionados ya los dos anteriores inconvenientes, ahora íbamos por el tercero: un problemita insignificante con el ala, que perdía combustible. Ya teníamos una hora de charla arriba del avión. Cuando llegamos a la hora y media, la única azafata que hablaba castellano vino a pedirle, al médico del equipo olímpico, si no podía revisar a una chica que se sentía descompuesta. La chica era mi compañera de fila, más allá de mis dos nuevos amigos. Se levantó el médico, habló el capitán: seguimos reparando el problemita insignificante. Al rato, con la chica recuperándose al lado del médico, el susodicho volvió al ruedo. Se salteó su pésimo castellano y dijo en alemán e inglés que el vuelo estaba cancelado. Murmullo generalizado. Seguimos esperando, esta vez la autorización para bajar del avión. Volvemos a estar todos en la puerta 4. Veo al señor que antes vi en el piso, esta vez parado. Nos explican que tenemos hasta tres horas antes de que el personal pierda su condición de legal para operar en Ezeiza. Que intentarán reparar el temita del combustible. Me siento adentro de una mala película yanqui de aeropuertos. Pasa el tiempo. Me hago nuevos amigos. Están los que reclaman conexiones y pérdidas; estamos los que nos resignamos, muertos de cansancio, a la espera de novedades. Aparece el capitán para hablarle a las masas. Lanza un discurso conmovedor, donde relata todas las vicisitudes padecidas. Explica que el avión perdìa combustible y no tuvieron modo de repararlo. Que tuvieron que llamar a los bomberos y a personal técnico del aeropuerto. Que ahora el avión se iba de la pista, para ser revisado. Que aun estábamos en carrera contra el tiempo para repararlo. Que nos iban a dar un refrigerio mientras esperábamos. Que ya estaban buscando hoteles para tutti quanti por si teníamos que cancelar definitivamente el vuelo y salir mañana. Que tenía veinticinco años de experiencia y no sé cuántos millones de horas de vuelo y que nunca-jamás-en-su-carrera se había visto frente a una situación así. Que habíamos tenido mucha mala suerte o habíamos sido muy afortunados, según cómo quisiéramos verlo. Imposible no pensarse cayendo en picada sobre el mar. Seguimos esperando mientras tejemos elucubraciones y hacemos apuestas sobre nuestro destino: avión u hotel. Reparten tarjetas telefónicas de larga distancia, para alertar a los parientes, en la madrugada europea, que no se levanten a esperarnos. Reparten finalmente unos sanguchitos y una coca. Nueve horas después de haber entrado a Ezeiza nos avisan que hemos superado la prueba y volvemos a embarcar. Nos conducen en fila india a una nueva terminal, del otro lado del aeropuerto. Somos, a esa altura de la noche, lo que queda de nosotros. No tengo ni siquiera fuerzas para preguntarme cuán eficiente será el técnico de reparación de combustible fugado. Vuelve a empezar el circo de acomodarse. Volvemos a saludarnos con los viejos amigos. Despegamos, finalmente, con seis horas de retraso. Me cuelo una cerveza para rematar el cansancio. Duermo con mi cómoda almohadita de viaje. Sigo el estado del vuelo en mi monitor privado. Me doy cuenta de que sólo vuelvo a respirar normalmente cuando dejamos atrás el océano. La bajada es lenta y pesarosa. El médico del equipo olímpico vomita a escasos metros míos. Tengo que respirar mucho con el hara para no dejarme contagiar por el olor. Tocamos tierra. Me despido de mis nuevos amigos. Salgo disparada a buscar mi re-programada conexión aérea. La encuentro. Alcanzo a ver el sol de Frankfurt. Vuelvo a embarcar, vuelvo a tomar té, vuelvo a ver nubes, vuelvo a aterrizar. El cielo en Berlín es gris y está garuando. Ya estoy en territorio conocido. 

2 comentarios:

  1. Hace un tiempo atrás dijiste que Berlin te despidió en la Grunewald Strasse con tasas hermosas y una deliciosa confitura italiana. Hoy pregunto:¿No habrá sido una invitación para volver? Fue el tedio de la espera el que te hizo sobreponer a la idea de una catástrofe aérea, o hay una deuda que quedó, del otro lado, pendiente y esperando a ser cerrada? ¿Es viajar en una aventura, o la aventura es el viajar?
    Al final con tantas idas y vueltas, o mejor dicho, con una ida tan larga, Berlín no te dio mas que una garúa y un cielo sombrío. A ver cómo amaneciste hoy! Ein Bagette mit Salami und einen Milchkaffee, bitteschön!

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  2. para responder todas esas preguntas es que vine. mientras espero que me caigan las respuestas, no se preocupe, en mi heladera no falta ni salame con pimienta ni tubo de thomy.

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