Los boleros bien nos aconsejan no volver a los lugares felices. Nada dicen de volver a los lugares en donde se la pasó mal. Hace un año, la necesidad de confirmar desilusiones me llevó a New York. Este año, la necesidad de saldar cuentas me regresó a Berlín.
Si me preguntan por qué, no sé qué decirles. Calculo que uno vuelve por algo cercano a las razones que el hijo de Will Smith esgrimió ante Jackie Chan para regresar, roto y magullado, a la pelea final del torneo de karate: porque aun se tiene miedo. Es definitiva, uno vuelve cuando volver todavía importa.
El truco está en saber cómo hacer para que ese regreso sea exitoso y uno sea feliz y ya no tenga necesidad de seguir regresando. ¿Qué conviene más, resignificar viejos recuerdos o fabricar nuevas memorias? ¿Seguir fotografiando tazas de Milchkaffee o empezar a fotografiar calzado? ¿Se vuelve mejor yendo hacia el pasado o más bien hacia el futuro?
Hoy caminaba hacia Kottbusser Tor cuando me sobrevino una frase de Rivera. Decía: "escribí pasión perdida. ¿Qué se pierde, la mujer a la que amamos o el amor que pusimos en una mujer?". No me la pude sacar de la cabeza en todo el día.
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