viernes, 25 de mayo de 2012

día once

Hace poco S., que es alemán y pasa los treinta, renunció a un trabajo que le habían ofrecido al salir de la universidad y que había tenido por diez años. Había aprendido muchos idiomas, viajaba mucho. Se trataba de ir a lugares remotos, chequear fuentes, confirmar datos y volcarlos en un reporte. Su trabajo, según contaba, era aburrido y burocrático, pero cada vez que se trasladaba tenía otro nombre. Trabajaba para alguna agencia estatal, pero nadie iba nunca a encontrar registros de su paso por ella. De hecho, si él contaba ahora estas cosas era justamente porque nada de lo que él había hecho, entrenamiento incluido, podía ser corroborado. No hacía ese trabajo ni por nacionalismo ni por dinero. Simplemente le había parecido interesante. Un día dejó de parecérselo y lo dejó. Además, se estaba poniendo peligroso: las identidades falsas empezaban a no estar tan bien armadas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario