lunes, 21 de mayo de 2012

día siete

Todo relato de viaje es, en principio, el cuento de un éxito: lo lindo que vimos, lo bueno que aprendimos, lo bien que la pasamos. Las pequeñas miserias cotidianas se guardan bajo la alfombra. También los errores y los desaciertos. El taxi que nos paseó llegando desde el aeropuerto. El turco que nos cagó con las monedas del vuelto. El yoghurt caro que terminamos tirando por incomible. El pan que pagamos, en el Kaiser´s, el doble que en el Netto. 

Hoy fue uno de esos días en que sólo fui una recién llegada. Puse la cera a calentar sin leer las instrucciones. Un tarro de cera es un tarro de cera en cualquier lugar del mundo. La esparcí donde debía y esperé que enfriara. Nunca lo hizo. Lo único que logré hacer fue continuar extendiéndola. Intenté sacarla con la mano. Lo único que logré fue embadurnarme. La cera pasaba, como miel caliente, de mi mano a mi cuerpo y viceversa. Así, pegajosa como estaba, abrí las instrucciones. Saqué en limpio que, en principio, había agarrado el palito por el lado equivocado. Intenté remediar el error, pero sólo logré volver inútiles ambos extremos. Entonces entendí que las toallitas lindas que venían en el envase no eran para hacer bulto.

Logré depilarme e ir a la pileta. Sólo para continuar rematando mi día de ineptitud. En los 60 minutos que duró el turno, intenté meterme en un carril donde estaban entrenando y casi morí ahogada a la primera brazada y me metí en el vestuario de hombres al volver del agua y perdí mis antiparras y estuve tres minutos subiendo y bajando escaleras hasta encontrar la puerta de salida y cuando llegué a casa me dolía hasta el alma y terminé pagando un euro por un pedazo de hojaldre aceitoso con manzana.


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