el día dos empieza en la noche del día uno, conmigo caminando las dos cuadras que me separan del puente de kottbusser damm. eran, hasta ayer, dos cuadras desconocidas. ahora ya sé dónde está el viejito que repara bicicletas, dónde el restaurante griego, dónde el puestito de puchos y diarios y revistas.
luego, ya de día, me metí en el barrio turco. caminé arriba y abajo de la calle principal del primer barrio en que viví. mi puesto preferido de dönner sigue en el mismo lugar. también la propaganda de ropa del chico negro con remera rosa. y los yogures del edeka y el cine de la esquina y la tienda de videos. la moda de las tiendas turcas ha cambiado, como toda moda, pero su mal gusto sigue siendo el de siempre. caminé hasta herrmann platz. ahí estaba, en la esquina, la tienda de colchones. todo era como entonces y todo seguía sin asombrarme. hasta que bajé las escaleras del subte y me reencontré con su olor. entonces sí que volví y estuve, luego de cuatro años, acá.
calculo que todo regreso comienza por la nostalgia. mientras caminaba tanteando el barrio y mis reacciones, me di cuenta de una cosa. que berlín me gusta. me gustan esos edificios naranjas de neukölln y la gente en bicicleta y los chicos lindos en pantalones cargo y los barcitos trendy con sillas en la vereda y la lluvia de las seis de la tarde y los graffitis cubriendo las puertas y ese aire tumbero que tiene kreuzberg.
recordar que berlín me gusta no es poca cosa. es de hecho un buen comienzo para intentar entender por qué, de vez en vez, también la odio tanto.
calculo que todo regreso comienza por la nostalgia. mientras caminaba tanteando el barrio y mis reacciones, me di cuenta de una cosa. que berlín me gusta. me gustan esos edificios naranjas de neukölln y la gente en bicicleta y los chicos lindos en pantalones cargo y los barcitos trendy con sillas en la vereda y la lluvia de las seis de la tarde y los graffitis cubriendo las puertas y ese aire tumbero que tiene kreuzberg.
recordar que berlín me gusta no es poca cosa. es de hecho un buen comienzo para intentar entender por qué, de vez en vez, también la odio tanto.
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