lo que tengo es enojo. cifraba grandes esperanzas en este día. fútbol y fiesta. el tandem al que yo iba cuando estaba en berlín se juntaba a ver la final del bayern con el chelsea y después, en el mismo bar, se armaba la partuza. si ibas desde la hora del partido, no pagabas luego la entrada a la fiesta.
fui, claro, a la hora del partido. no tanto para ahorrarme la guita de la entrada como para interactuar con seres humanos. llegué con la puntualidad alemana que en ellos ya no se estila. el bar era un sótano húmedo y frío en medio de una ciudad que justo ese día había decidido entrar en la primavera. adentro había una moza con cara de culo, un alemán con beck´s en silla de ruedas y un chico que intentaba hacer funcionar un parlante. la pantalla era un pedazo de trapo blanco. entraron tres españoles viejos y gordos que, vamos, tío, no tenían nada que envidiarle a torrente. me quedé, a fuerza de coraje. los españoles, sabios ellos, pispearon, dijeron varias veces "coño" y se largaron.
el partido se veía con sonido de cancha pero sin relato. nadie parecía inmutarse. tal vez pensaran en la plata de la entrada. un partido sin relato no es partido. aun cuando sea en alemán y en una final que ni me importa. estaré sola y seré pobre de euros pero tengo dignidad, me dije. y salí del sótano frío y oscuro y húmedo y sin relatos al calor del atardecer de prenzlauer berg, en busca de un bar con pantalla y sonido.
lo primero que encontré fue un restaurante mexicano con señores alemanes de pelo al ras que tenían aun menos sangre que los que había dejado en el sótano. pero al menos alguien entonaba las jugadas. me banqué los dos tiempos, luego el alargue, luego los penales. los chicos de rojo jugaban a ver quién erraba de manera más pava el pase y el gol. el comentario más reflexivo que me motivaron todos esos minutos fue referido a la belleza de drogba. se me cerraban los ojos de tedio. pero al menos tenía nachos y no hacía frío ni estaban los españoles.
cuando a gracia de dios terminó el partido y ganó quien tenía que ganar porque tenía el jugador más lindo, decidí darle una nueva oportunidad a la noche. me encaminé de nuevo al sótano, al menos para que no me reprocharan el querer ganarme la lotería sin comprar el billete. el sótano seguía feo y húmedo y sin onda y encima había que pagar entrada. charlotee un rato con j. en la puerta. la onda seguía sin revelarse. entonces me intoleré, me fastidié y me fui. estaré sola y aburrida pero tengo dignidad y estoy para cosas mejores.
así que a partir de ahora me declaro en huelga de esfuerzo y de tolerancia. el libretista de mi vida va a tener que preparar carteles de neón con flechas rutilantes si pretende conducirme a buen puerto. yo, por lo pronto, me quedo en la cama a esperar que me golpeé la puerta.