jueves, 31 de mayo de 2012

día diecisiete

llueve sin parar desde las siete de la tarde. hace más de cuatro horas que llueve. al menos en kreuzberg, que dice v. que en prenzlauer berg no llueve. 

en otros años y otras lluvias, yo miraba caer el agua de las seis de la tarde desde una ventana en wilmersdorf. una lluvia que llegaba, religiosa, cuando el día empezaba a terminarse. llegaba, duraba un suspiro y se iba. 

esta lluvia de hoy no para. 

siempre me gustó berlín bajo la lluvia.


martes, 29 de mayo de 2012

día quince

No fueron las käsekuchen del Hotel California. Ni el milchkaffee de Ankerklause. Ni la isana hand & nagel balm de Rossmann. Ni el thomy de remoulade. Ni el rotbratwurst ni el chicken dönner ni las hamburguesas de Pow Wow ni el pan con semillas de zapallo. No fue ni siquiera el domingo en Mauerpark ni el olor de la U7 Rudow-Rathaus Spandau. El verdadero motivo del retorno fue Ku´damm. Me explico: las tiendas de Ku´damm.

Hoy leía las memorias del Jefe Goron, pero en realidad pensaba en un vestidito azul con lunarcitos. Salí de la Biblioteca como alma que lleva el diablo. Casi que corrí hasta la U2. Esquivé gente para tomar el tren a Ruhleben que estaba por salir. Me impacienté en el asiento porque faltaban muchas estaciones. Salí a la luz en Zoologischer Garten. Pasé todos los semáforos en rojo. Entré a la tienda. Busqué el bendito vestido. No lo encontré. Empecé a sudar. Presagié el retorno de mis ataques de baja presión. Encaré a una vendedora. ¿Cómo mierda se dirá "lunarcitos" en alemán? Quedaban sólo tres vestidos escondidos entre unas blusas. Me tembló la mano mientras buscaba el cartoncito con el talle. XS. Albricias. Dios existe. 


lunes, 28 de mayo de 2012

día catorce

el día de hoy pasará a los anales de mi historia. 
será marcado con un enorme círculo rojo en mi diario de viaje. 
el día de hoy conocí lo inconcebible:
un berlinés que no se mueve en bicicleta.
(se mueve en skateboard).

domingo, 27 de mayo de 2012

día trece

Los jóvenes alemanes de izquierda critican al Karneval der Kulturen porque cae en la exotización de las culturas y en el mero consumismo. No sé si una cosa como consecuencia de la otra. Lo cierto es que hoy, en la calle por donde desfilaban los grupos (no da para llamarlos ni comparsas ni carrozas) el perfil del público iba del púber que gritaba y tiraba papel picado al señor/a entrado/a en años que chillaba de exaltación ante el baile de los negros. Adelante mío, una señora madura en primera fila, con tremenda cámara en mano, se adelantaba dos pasos, invadía el espacio del desfile y por poco no le acomodaba el pelo al que iba a ser fotografiado. Cuando pasó desfilando un auto oficial con la bandera de algún país ignoto (yo imaginé que eran cónsul y familia) la señora llegó a correr la cortinita que tapaba la ventanilla para ver qué fantástica otredad había del otro lado. 

Pasaron, con pena y nada de gloria, tailandeses, peruanos, brasileños, angoleños y demás naciones. En cada grupo, una manada de alemanes vestidos de paisanos acompañaban al diferente. Había matronas rubias vestidas de cholitas y larguiruchas de piel blanquísima intentando moverse al ritmo de la cumbia (No recuerdo haber visto caravana de la deutsche Kultur, lo que reafirma la opinión de los amigos izquierdistas). En medio de tanta oda al nacionalismo esencialista, un grupo dio clase de vuelo poético: adentro del carro alegórico, freaks ciento por ciento alemanes desfilaban vestidos de Pokemon, Sailor Moon y demás personajes de la cultura pop japonesa. Después de ver eso, no quedó otra que irse.



viernes, 25 de mayo de 2012

día once

Hace poco S., que es alemán y pasa los treinta, renunció a un trabajo que le habían ofrecido al salir de la universidad y que había tenido por diez años. Había aprendido muchos idiomas, viajaba mucho. Se trataba de ir a lugares remotos, chequear fuentes, confirmar datos y volcarlos en un reporte. Su trabajo, según contaba, era aburrido y burocrático, pero cada vez que se trasladaba tenía otro nombre. Trabajaba para alguna agencia estatal, pero nadie iba nunca a encontrar registros de su paso por ella. De hecho, si él contaba ahora estas cosas era justamente porque nada de lo que él había hecho, entrenamiento incluido, podía ser corroborado. No hacía ese trabajo ni por nacionalismo ni por dinero. Simplemente le había parecido interesante. Un día dejó de parecérselo y lo dejó. Además, se estaba poniendo peligroso: las identidades falsas empezaban a no estar tan bien armadas. 

jueves, 24 de mayo de 2012

día diez

A la sargento Liliana le gustó, desde siempre, pintarse los ojos con sombra azul. Y llevar el pelo largo y teñido de rubio. Pensando en cómo solucionar el tema de las raíces crecidas, pensó en las gorras. Entonces se metió a policía. Ahora está haciendo un intercambio de entrenamiento en die berliner Polizei. Lamenta que el traje sea verde, porque no le combina con el maquillaje. Así que ella sigue usando el color patrio. Está preocupada porque esta semana le toca controlar disturbios en manifestaciones y los alemanes son grandotes. Que no se preocupe, le dijo su jefe alemán, que los manifestantes comen Bio. Más le gusta controlar turcos y negros en Kottbusser Tor. O borrachos alemanes en la U6. El aire multikulti de Berlín la pone nerviosa. Una raza tan ordenadita y, quién lo hubiera dicho, con tantos nenes desnudos en las plazas...



miércoles, 23 de mayo de 2012

día nueve

Los boleros bien nos aconsejan no volver a los lugares felices. Nada dicen de volver a los lugares en donde se la pasó mal. Hace un año, la necesidad de confirmar desilusiones me llevó a New York. Este año, la necesidad de saldar cuentas me regresó a Berlín.

Si me preguntan por qué, no sé qué decirles. Calculo que uno vuelve por algo cercano a las razones que el hijo de Will Smith esgrimió ante Jackie Chan para regresar, roto y magullado, a la pelea final del torneo de karate: porque aun se tiene miedo. Es definitiva, uno vuelve cuando volver todavía importa.

El truco está en saber cómo hacer para que ese regreso sea exitoso y uno sea feliz y ya no tenga necesidad de seguir regresando. ¿Qué conviene más, resignificar viejos recuerdos o fabricar nuevas memorias? ¿Seguir fotografiando tazas de Milchkaffee o empezar a fotografiar calzado? ¿Se vuelve mejor yendo hacia el pasado o más bien hacia el futuro? 

Hoy caminaba hacia Kottbusser Tor cuando me sobrevino una frase de Rivera. Decía: "escribí pasión perdida. ¿Qué se pierde, la mujer a la que amamos o el amor que pusimos en una mujer?". No me la pude sacar de la cabeza en todo el día. 







martes, 22 de mayo de 2012

lunes, 21 de mayo de 2012

día siete

Todo relato de viaje es, en principio, el cuento de un éxito: lo lindo que vimos, lo bueno que aprendimos, lo bien que la pasamos. Las pequeñas miserias cotidianas se guardan bajo la alfombra. También los errores y los desaciertos. El taxi que nos paseó llegando desde el aeropuerto. El turco que nos cagó con las monedas del vuelto. El yoghurt caro que terminamos tirando por incomible. El pan que pagamos, en el Kaiser´s, el doble que en el Netto. 

Hoy fue uno de esos días en que sólo fui una recién llegada. Puse la cera a calentar sin leer las instrucciones. Un tarro de cera es un tarro de cera en cualquier lugar del mundo. La esparcí donde debía y esperé que enfriara. Nunca lo hizo. Lo único que logré hacer fue continuar extendiéndola. Intenté sacarla con la mano. Lo único que logré fue embadurnarme. La cera pasaba, como miel caliente, de mi mano a mi cuerpo y viceversa. Así, pegajosa como estaba, abrí las instrucciones. Saqué en limpio que, en principio, había agarrado el palito por el lado equivocado. Intenté remediar el error, pero sólo logré volver inútiles ambos extremos. Entonces entendí que las toallitas lindas que venían en el envase no eran para hacer bulto.

Logré depilarme e ir a la pileta. Sólo para continuar rematando mi día de ineptitud. En los 60 minutos que duró el turno, intenté meterme en un carril donde estaban entrenando y casi morí ahogada a la primera brazada y me metí en el vestuario de hombres al volver del agua y perdí mis antiparras y estuve tres minutos subiendo y bajando escaleras hasta encontrar la puerta de salida y cuando llegué a casa me dolía hasta el alma y terminé pagando un euro por un pedazo de hojaldre aceitoso con manzana.


domingo, 20 de mayo de 2012

día seis

Me levanté tarde. Puse agua a calentar en la ollita chica porque no tengo pava. Y una mitad de pan con semillas de zapallo a tostarse en la sartén, porque no tengo tostadora. Me lavé la cara y chequee el estado de mi pelo. Volví a la cocina. Me hice un té con leche y unté queso crema del Edeka en la tostada. Me senté a desayunar de cara al sol que entraba. Leí los mails y los diarios. A falta de jugo de naranja (no tengo exprimidor), me comí un pedazo de sandía. Lavé los tres cacharros que había usado. Puse las manos arriba de las hornallas eléctricas para asegurarme de que estuvieran apagadas. Me vestí para el calor. Cargué agua en la botella y más plata en la billetera. Salí del departamento. En la entrada del edificio, sobre la escalera (no tengo casilla para el correo), estaba el Berliner Morgenpost. 

Caminé la cuadra que me separa de Kottbusser Tor. Esperé el U8 hacia Wittenau. Bajé en Alexander Platz y busqué el U2 hacia Pankow. Me bajé en Eberswalder Str. Un chico en bicicleta me preguntó hacia dónde estaba Mauerpark. Le indiqué con señas y monosílabos alemanes. Caminé tres cuadras, entré al parque. Caminé en zig-zag viendo vestidos vintage, libros, revistas, zapatos usados, porcelana antigua, muebles añejos, cascos de soldados, relojes, vinilos, herrajes, vasos de cerveza, chucherías. Me compré un sombrero, tres plantas, un yoghurt de zitrone, un vaso de jugo de naranja exprimido y un falafel. Me robé unos vasitos. Mi tire al pasto a leer y a ver pasar la vida de los otros. Los otros asaban carnes y salchichas en unas parrillitas portátiles. Confirmé que continua, firme, el regreso de los ´80: mucho short con calza, mucha vincha, mucha bota corta y arrugada, mucho pantalón a la cintura. 

Desandé el camino. Volví a la que hace las veces de casa. Ordené papeles. Volví a llenar la ollita de agua. Cargué termo y mate. Caminé tres cuadras hasta la orilla del río. Me tiré a la sombra, entre multitudes. Terminé de saber quién había matado a Excelencio en el asilo de viejos de Mozambique. Fui mirada largamente por no estar tomando Beck´s. Miré a los cisnes rascarse con el cogote retorcido. Miré a los cisnes ponerse culo completamente arriba y cabeza completamente abajo. Dejé de mirar a los cisnes para mirar lo que dibujaba el italiano cerca mío. Me aburrí de los cisnes, del dibujo del italiano y del mate. Me levanté y me fui.

Volví a casa. Llamé a mi mamá para dar prueba de vida. Lavé ropa. Tomé lo que quedaba de la botella de cerveza. Comí algo. Descargué fotos. Me bañé, me acosté, me dormí.

sábado, 19 de mayo de 2012

día cinco

lo que tengo es enojo. cifraba grandes esperanzas en este día. fútbol y fiesta. el tandem al que yo iba cuando estaba en berlín se juntaba a ver la final del bayern con el chelsea y después, en el mismo bar, se armaba la partuza. si ibas desde la hora del partido, no pagabas luego la entrada a la fiesta. 

fui, claro, a la hora del partido. no tanto para ahorrarme la guita de la entrada como para interactuar con seres humanos. llegué con la puntualidad alemana que en ellos ya no se estila. el bar era un sótano húmedo y frío en medio de una ciudad que justo ese día había decidido entrar en la primavera. adentro había una moza con cara de culo, un alemán con beck´s en silla de ruedas y un chico que intentaba hacer funcionar un parlante. la pantalla era un pedazo de trapo blanco. entraron tres españoles viejos y gordos que, vamos, tío, no tenían nada que envidiarle a torrente. me quedé, a fuerza de coraje. los españoles, sabios ellos, pispearon, dijeron varias veces "coño" y se largaron.

el partido se veía con sonido de cancha pero sin relato. nadie parecía inmutarse. tal vez pensaran en la plata de la entrada. un partido sin relato no es partido. aun cuando sea en alemán y en una final que ni me importa. estaré sola y seré pobre de euros pero tengo dignidad, me dije. y salí del sótano frío y oscuro y húmedo y sin relatos al calor del atardecer de prenzlauer berg, en busca de un bar con pantalla y sonido. 

lo primero que encontré fue un restaurante mexicano con señores alemanes de pelo al ras que tenían aun menos sangre que los que había dejado en el sótano. pero al menos alguien entonaba las jugadas. me banqué los dos tiempos, luego el alargue, luego los penales. los chicos de rojo jugaban a ver quién erraba de manera más pava el pase y el gol. el comentario más reflexivo que me motivaron todos esos minutos fue referido a la belleza de drogba. se me cerraban los ojos de tedio. pero al menos tenía nachos y no hacía frío ni estaban los españoles.

cuando a gracia de dios terminó el partido y ganó quien tenía que ganar porque tenía el jugador más lindo, decidí darle una nueva oportunidad a la noche. me encaminé de nuevo al sótano, al menos para que no me reprocharan el querer ganarme la lotería sin comprar el billete. el sótano seguía feo y húmedo y sin onda y encima había que pagar entrada. charlotee un rato con j. en la puerta. la onda seguía sin revelarse. entonces me intoleré, me fastidié y me fui. estaré sola y aburrida pero tengo dignidad y estoy para cosas mejores.

así que a partir de ahora me declaro en huelga de esfuerzo y de tolerancia. el libretista de mi vida va a tener que preparar carteles de neón con flechas rutilantes si pretende conducirme a buen puerto. yo, por lo pronto, me quedo en la cama a esperar que me golpeé la puerta.

viernes, 18 de mayo de 2012

jueves, 17 de mayo de 2012

día tres

M. es profesora de alemán en Leipzig. Cada tanto le toca salir de excursión con sus alumnos. Una vez estaban en otra ciudad, visitando creo que una iglesia o un monasterio en lo alto de una montaña. Uno de sus alumnos era un señor mayor centroamericano y matemático. Finalizada la visita, debían encontrarse junto al bus para volver a Leipzig. El matemático no estaba. Esperaron un poco y no aparecía. El bus no podía esperar. El matemático estaba sin plata y no sabía el idioma. Tampoco sabía inglés. Creo recordar que dos profesoras se quedaron en la ciudad, buscándolo. Después de dos horas, ya ido el bus pero quedadas las profesoras, el matemático apareció en el punto de encuentro. En el trayecto que lo alejó de sus compañeros, había ido sacando fotos en su cámara digital. Para volver sólo necesitó mostrárselas a la gente en la calle y decir: "wo?" (¿dónde?). 

miércoles, 16 de mayo de 2012

día dos

el día dos empieza en la noche del día uno, conmigo caminando las dos cuadras que me separan del puente de kottbusser damm. eran, hasta ayer, dos cuadras desconocidas. ahora ya sé dónde está el viejito que repara bicicletas, dónde el restaurante griego, dónde el puestito de puchos y diarios y revistas. 

cuando llegué al puente estuve en mi berlín. volví a pararme en la esquina, esperando que el hombrecito verde me dejara el paso. volví a cruzar mirando el río negro a mi derecha. volví a ver el ankerklause y el fuchsbau. volví a estar en uno tomando un café y en otro sopa de zapallo. digo "volví" pero la sensación no era de regreso. la sensación era de continuidad: como si este presente fuera ese pasado. como si estar caminando por esas calles, cuatro años después, fuera lo más normal del mundo. como si hubiera estado escuchando alemán toda mi vida. como si fuera lo que había hecho ayer. 

luego, ya de día, me metí en el barrio turco. caminé arriba y abajo de la calle principal del primer barrio en que viví. mi puesto preferido de dönner sigue en el mismo lugar. también la propaganda de ropa del chico negro con remera rosa. y los yogures del edeka y el cine de la esquina y la tienda de videos. la moda de las tiendas turcas ha cambiado, como toda moda, pero su mal gusto sigue siendo el de siempre. caminé hasta herrmann platz. ahí estaba, en la esquina, la tienda de colchones. todo era como entonces y todo seguía sin asombrarme. hasta que bajé las escaleras del subte y me reencontré con su olor. entonces sí que volví y estuve, luego de cuatro años, acá. 


calculo que todo regreso comienza por la nostalgia. mientras caminaba tanteando el barrio y mis reacciones, me di cuenta de una cosa. que berlín me gusta. me gustan esos edificios naranjas de neukölln y la gente en bicicleta y los chicos lindos en pantalones cargo y los barcitos trendy con sillas en la vereda y la lluvia de las seis de la tarde y los graffitis cubriendo las puertas y ese aire tumbero que tiene kreuzberg. 


recordar que berlín me gusta no es poca cosa. es de hecho un buen comienzo para intentar entender por qué, de vez en vez, también la odio tanto. 



día uno

Debí sospechar que algo venía mal parido cuando, embarcando por la puerta 4, un señor quedaba recostado en el piso, las piernas levantadas sostenidas por los pies, un abrigo arrollado bajo su cuello, un coro de médicos alrededor que le aconsejaban paciencia mientras él pretendía levantarse para tomar el vuelo. Arriba vino la demora. Larga. Me hice amiga de mis compañeros de asiento, que venían a una carrera de autos. Al rato el comandante explicó que había habido un desperfecto técnico, pero que ya estaba solucionado y estábamos prontos a partir. Pero no partimos. Seguimos esperando, mis nuevos amigos y yo. Volvió a hablar herr flugkapitän, esta vez para explicar que un pasajero había tenido que ser bajado del avión "por motivos de seguridad" y que habían tenido que remover su equipaje de bodega. Empezamos a mirarnos todos, recelosos. Luego otras nuevas amigas -mamá pintora e hija casi médica- me contarían que vieron cuando una troupe de personal de tierra venía por sendos pasillos para evitar el escape del pasajero misterioso. Seguimos esperando. Arriba del avión se armó clima de fiesta: los muchachos del equipo olímpico de canotaje se gritaban de asiento a asiento. Una nueva comunicación del piloto nos informó que solucionados ya los dos anteriores inconvenientes, ahora íbamos por el tercero: un problemita insignificante con el ala, que perdía combustible. Ya teníamos una hora de charla arriba del avión. Cuando llegamos a la hora y media, la única azafata que hablaba castellano vino a pedirle, al médico del equipo olímpico, si no podía revisar a una chica que se sentía descompuesta. La chica era mi compañera de fila, más allá de mis dos nuevos amigos. Se levantó el médico, habló el capitán: seguimos reparando el problemita insignificante. Al rato, con la chica recuperándose al lado del médico, el susodicho volvió al ruedo. Se salteó su pésimo castellano y dijo en alemán e inglés que el vuelo estaba cancelado. Murmullo generalizado. Seguimos esperando, esta vez la autorización para bajar del avión. Volvemos a estar todos en la puerta 4. Veo al señor que antes vi en el piso, esta vez parado. Nos explican que tenemos hasta tres horas antes de que el personal pierda su condición de legal para operar en Ezeiza. Que intentarán reparar el temita del combustible. Me siento adentro de una mala película yanqui de aeropuertos. Pasa el tiempo. Me hago nuevos amigos. Están los que reclaman conexiones y pérdidas; estamos los que nos resignamos, muertos de cansancio, a la espera de novedades. Aparece el capitán para hablarle a las masas. Lanza un discurso conmovedor, donde relata todas las vicisitudes padecidas. Explica que el avión perdìa combustible y no tuvieron modo de repararlo. Que tuvieron que llamar a los bomberos y a personal técnico del aeropuerto. Que ahora el avión se iba de la pista, para ser revisado. Que aun estábamos en carrera contra el tiempo para repararlo. Que nos iban a dar un refrigerio mientras esperábamos. Que ya estaban buscando hoteles para tutti quanti por si teníamos que cancelar definitivamente el vuelo y salir mañana. Que tenía veinticinco años de experiencia y no sé cuántos millones de horas de vuelo y que nunca-jamás-en-su-carrera se había visto frente a una situación así. Que habíamos tenido mucha mala suerte o habíamos sido muy afortunados, según cómo quisiéramos verlo. Imposible no pensarse cayendo en picada sobre el mar. Seguimos esperando mientras tejemos elucubraciones y hacemos apuestas sobre nuestro destino: avión u hotel. Reparten tarjetas telefónicas de larga distancia, para alertar a los parientes, en la madrugada europea, que no se levanten a esperarnos. Reparten finalmente unos sanguchitos y una coca. Nueve horas después de haber entrado a Ezeiza nos avisan que hemos superado la prueba y volvemos a embarcar. Nos conducen en fila india a una nueva terminal, del otro lado del aeropuerto. Somos, a esa altura de la noche, lo que queda de nosotros. No tengo ni siquiera fuerzas para preguntarme cuán eficiente será el técnico de reparación de combustible fugado. Vuelve a empezar el circo de acomodarse. Volvemos a saludarnos con los viejos amigos. Despegamos, finalmente, con seis horas de retraso. Me cuelo una cerveza para rematar el cansancio. Duermo con mi cómoda almohadita de viaje. Sigo el estado del vuelo en mi monitor privado. Me doy cuenta de que sólo vuelvo a respirar normalmente cuando dejamos atrás el océano. La bajada es lenta y pesarosa. El médico del equipo olímpico vomita a escasos metros míos. Tengo que respirar mucho con el hara para no dejarme contagiar por el olor. Tocamos tierra. Me despido de mis nuevos amigos. Salgo disparada a buscar mi re-programada conexión aérea. La encuentro. Alcanzo a ver el sol de Frankfurt. Vuelvo a embarcar, vuelvo a tomar té, vuelvo a ver nubes, vuelvo a aterrizar. El cielo en Berlín es gris y está garuando. Ya estoy en territorio conocido.