miércoles, 4 de julio de 2012

día cincuentiuno

Dicen que el olfato es el sentido que mejor transporta la memoria. Eso creí yo cuando, yendo de la librería al mercado turco, encontré, a orillas del Kanal, un barcito colombiano que anunciaba, en su pizarra, jugo de lulo. Yo era doce años más joven la última vez que lo tomé. Es mi jugo de fruta preferido, aun cuando los vasos de ella que haya tomado se cuenten con los dedos de las manos. 

Por eso fue ver la pizarra y entrar. Le eché la culpa al tiempo transcurrido, a la emoción del momento, a la falsedad del efecto-magdalena de Proust: el primer sorbo no despertó ninguna memoria dormida; los últimos tampoco. A decir verdad,  el jugo de lulo no me supo a nada. Más bien me pareció feo. Me dije que la gente cambia y los gustos también. En algún lugar sentí como una pérdida el no tener ya un jugo de fruta favorito. 

Hoy entré a un barcito en un lugar de Mitte al que nunca voy. Estaba cerca de la caja, husmeando las tortas. No tenía por qué mirar dentro de la heladerita de bebidas, pero miré. Y vi: una botellita chica con jugo de lulo, 100% natural. Aun a sabiendas de que iba a volver a desilusionarme, la compré. La abrí varias horas después, más urgida por la sed que por el deseo. Y allá vinieron en tropel los recuerdos. Me bajé la botellita de un solo sorbo. Bendije las segundas oportunidades, maldije el jugo aguado del cafecito del Kanal, volví a enamorarme. 


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