martes, 3 de julio de 2012

día cincuenta

Antes yo creía que el colmo de la perfección era hablar un idioma extranjero sin acento. Me refiero al acento propio en el idioma que no es nuestro. Luego fui a mi primer Congreso enteramente en inglés y me fasciné escuchando lo que se suponía que era un solo idioma. El inglés hablado de una polaca, por ejemplo, era para mí incomprensible. Esa noche, de regreso en el hotel, pensé mucho en los sonidos que nos hacen quienes somos. Me pregunté por qué uno intenta tan desesperadamente emular a la perfección los sonidos de los otros. 

Estos casi dos meses en la Hartnackschule aprendí a disfrutar lo que pasa cuando eso no sucede. Allí nadie habla alemán: cada uno sigue hablando su idioma, pero con palabras alemanas. Pietro aspira las H al comienzo de la palabra. Ching corta toda frase en pequeñas sílabas. Yeng-Han susurra y sube la entonación al llegar al final de lo dicho. Ki pronuncia todas las O como U. Vladimir, todas las Rs como RRRRs. Ali no sé cómo habla, pero nadie puede desconocer que viene de Líbano. El único que habla perfectamente alemán es el ucraniano, pero ese no cuenta porque es el profesor. 


Cuando me vaya, cuando vuelva a casa, a mis días les va a faltar musicalidad. 




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