Siempre hay un primer día para todo. También para subir a la torre de televisión. Nunca hasta ahora lo había hecho. Nunca más estimo volver allí. Pero el sol brillaba, el trabajo se resistía y el final del viaje se acerca. Motivos todos que llaman a la locura. Recordé que M. una vez había dicho que el dinero, la espera y la subida valían la pena: que la ciudad se te ordenaba desde la altura. Me tocó llegar hasta arriba para disentir. Supuse que yo ya debía tener la ciudad ordenada. Como siempre, uno mira y mira y sólo ve lo que ya conoce. No necesitaba subir tan alto para saber cuán cerca está Berliner Dom de Brandenburger Tor. Pero al lado mío, un nenito de menos de cinco años bajó del ascensor, miró por la primera ventana que encontró, señaló con el dedito hacia algún lado y no paró de gritar todo el rato que lo tuve cerca: "Mama, ich sehe die ganze Welt! Ich sehe die ganze Welt, Mama! Ich sehe die Ganze Welt!" ("¡Mamá, veo todo el mundo! ¡Veo todo el mundo, mamá! ¡Veo todo el mundo!).
No hay comentarios:
Publicar un comentario