A poco de llegar a Bayerischer Platz, en el 2008, empecé a encontrar unos extraños carteles colgados en lo alto de los postes de luz. De un lado una imagen simple; del otro, un texto contundente. Por ejemplo: de un lado el dibujo de un banco de plaza, del otro la leyenda que ordenaba a los judíos el poder sentarse sólo en los bancos pintados de amarillo. Imagen y leyenda, así de despojadas, creaban escozor. El escozor aumentaba porque el cartel -con su banco y su acción imperativa en relación a ese banco- estaba colgado enfrente mismo de la plaza principal del barrio. Es decir, estaba colgado donde ese banco de hecho existía.
Empecé a mirar deliberadamente para arriba. Empecé a ver más carteles. Una cancha de fútbol: los judíos se excluyen de los deportes en grupo. Un termómetro: los médicos judíos ya no pueden ejercer. Una rayuela: los niños arios y los niños no-arios ya no pueden jugar juntos. Un reloj: los judíos no pueden salir de sus departamentos después de las 20h. Un gato: los judíos ya no pueden tener mascotas. Una negrura sólida, señaladora del silencio visual: se prohibe la emigración de los judíos, 23.10.1941.
Luego empecé a preguntar a la gente que conocía. Nadie vivía en Schnöneberg, nadie sabía de lo que yo hablaba. Empecé a fotografiar esos carteles, como un modo de acumular preguntas. Cada cartel llevaba, debajo, una plaquita mínima que confirmaba que lo dicho y lo ilustrado eran una suerte de memorial. Pero más allá de eso, ningún otro dato. Recuerdo la sensación de aquellos días, cuando parada frente a cada cartel, quedaba, luego del esfuerzo de descifrar lo que decía, no sabiendo si tranquilizarme por lo que tenía de homenaje al pasado o si ponerme nerviosa por lo que tenía de contundencia en el presente. ¿Ese cartel, con esa frase tan grande y esa aclaración de recordatorio tan chiquita, ilustraba un pasado o lo reproducía en el presente? La sensación que recuerdo es la de estar completamente sola frente a ese cartel. No sola de compañía, sino sola de explicación.
Me tomó cuatro años -y un regreso- dar con el cómo de esa historia. Ahora sé que esos carteles -son exactamente 80- forman una red memorial inaugurada en 1993 en homenaje a los judíos deportados de Berlín durante el Tercer Reich. Esparcidos en torno a Bayerischer Platz, visualizan lo que durante los años `20 se conocía como "la Suiza judía". De las 96 propuestas de recordatorio que se recibieron, la ganadora fue la de la artista Renata Stih y el historiador de arte Frieder Schnock.
Una semana antes de que el memorial se presentara oficialmente a la comunidad en la Rathaus Schöneberg, los artistas empezaron con el proceso de colgar los carteles. De un día para otro, la gente del barrio los vio sin entender de qué se trataba. Escandalizados, comenzaron a llamar a la policía alertando acerca de la aparición de leyendas anti-semíticas. Stih y Schnock tuvieron que añadir entonces, a su proyecto original de sólo dibujo y frase, la plaquita pequeña que va debajo, a modo de aclaración y contexto.
El añadido no alcanza a opacar ese sentido primigenio. La simpleza de lo mostrado gana contundencia anclada a un cierto espacio físico. La plaza, el supermercado, la parada de bus: en sus bancos el judío no podía sentarse, en sus góndolas sólo podía comprar de 16h a 17h, en él podía viajar sólo si su lugar de trabajo estaba a más de 7km de su casa.
La contundencia se agiganta por esa estética que replica la propaganda actual: el memorial se incorpora a la iconografía de los textos urbanos de hoy: las reglamentaciones anti-semíticas y el mundo actual se funden en asociación directa. Y entonces el paseante, sin texto explicativo que le señale la dirección en la que pensar, sin el velo distanciador que impone la retórica del homenaje ya deglutido, se ve enfrentado a una violencia que se presenta como dada y es ahí donde -como yo en el 2008- tiene que apañárselas para ver cómo reaccionar.
http://www.berlinohnebier.blogspot.de/2008/09/vivo-en-wilmersdorf.html