sábado, 14 de julio de 2012

día sesentiuno

si ya no queda nada a donde uno debiera ir,
es venturoso el regreso.
si todavía hay algo a donde uno debiera ir,
entonces es venturosa la prontitud.




jueves, 12 de julio de 2012

día cincuentinueve

Me siento una pionera. Ayer volví a llevar mate al curso de alemán e instauré el día argentino. Hoy S. y A. se hicieron cargo del día ruso y en el medio de la pausa hicieron aparecer un paquete de vasitos de plástico y una botella entera de vodka. Eran las seis de la tarde y los rusos, la española, el italiano, la serbia, el chino y la argentina nos bajamos al menos dos shots por persona. A partir de eso, todos hablamos mejor el alemán.

miércoles, 11 de julio de 2012

día cincuentiocho

Ella es bonita, pero en las fotos que le saca el novio, ella es hermosa. ¿Alguna vez vieron a una persona tal como otra persona la ve? Digo: ¿alguna vez vieron a una persona desde otra mirada? 

Algo me conmueve de esas fotos. Debe ser esa distancia intransferible entre el modo que tiene uno de mirarla y el modo que tiene otro de descubrirla: entre saberla bonita y verla sin embargo hermosa. Ser consciente de todo lo que cabe en esa distancia me da vértigo: es como si ese otro te prestara, por un ratito, el modo que tiene de mirar. Es como ser ese otro. O mejor: es como dejar de ser uno mismo.


Esto no viene a cuento de nada. O sí: hoy vi a Diane Arbus en Berlín. Es obvio que quedé impactada. 









lunes, 9 de julio de 2012

día cincuentiseis

Algo que pasó hoy en el curso de alemán vuelve a exponerme a una enseñanza: la del enorme abismo que se abre entre decir e interpretar. Yo creía estar diciendo que estudiaba a la policía. Muchos entendían que yo estudiaba para serlo. De algún modo es disculpable: entre un chino y una argentina la comunicación reside en sólo diez palabras de un idioma que ni uno ni otra manejan con solvencia. Pero todos sabemos que esas diez palabras son sólo una metáfora. ¿Qué cree el otro que decimos cuando estamos diciendo algo? ¿Qué vieron todo este tiempo de mí cuando sólo veían a la sargento Liliana?




domingo, 8 de julio de 2012

día cincuenticinco

A poco de llegar a Bayerischer Platz, en el 2008, empecé a encontrar unos extraños carteles colgados en lo alto de los postes de luz. De un lado una imagen simple; del otro, un texto contundente. Por ejemplo: de un lado el dibujo de un banco de plaza, del otro la leyenda que ordenaba a los judíos el poder sentarse sólo en los bancos pintados de amarillo. Imagen y leyenda, así de despojadas, creaban escozor. El escozor aumentaba porque el cartel -con su banco y su acción imperativa en relación a ese banco- estaba colgado enfrente mismo de la plaza principal del barrio. Es decir, estaba colgado donde ese banco de hecho existía.

Empecé a mirar deliberadamente para arriba. Empecé a ver más carteles. Una cancha de fútbol: los judíos se excluyen de los deportes en grupo. Un termómetro: los médicos judíos ya no pueden ejercer. Una rayuela: los niños arios y los niños no-arios ya no pueden jugar juntos. Un reloj: los judíos no pueden salir de sus departamentos después de las 20h. Un gato: los judíos ya no pueden tener mascotas. Una negrura sólida, señaladora del silencio visual: se prohibe la emigración de los judíos, 23.10.1941.

Luego empecé a preguntar a la gente que conocía. Nadie vivía en Schnöneberg, nadie sabía de lo que yo hablaba. Empecé a fotografiar esos carteles, como un modo de acumular preguntas. Cada cartel llevaba, debajo, una plaquita mínima que confirmaba que lo dicho y lo ilustrado eran una suerte de memorial. Pero más allá de eso, ningún otro dato. Recuerdo la sensación de aquellos días, cuando parada frente a cada cartel, quedaba, luego del esfuerzo de descifrar lo que decía, no sabiendo si tranquilizarme por lo que tenía de homenaje al pasado o si ponerme nerviosa por lo que tenía de contundencia en el presente. ¿Ese cartel, con esa frase tan grande y esa aclaración de recordatorio tan chiquita, ilustraba un pasado o lo reproducía en el presente? La sensación que recuerdo es la de estar completamente sola frente a ese cartel. No sola de compañía, sino sola de explicación.

Me tomó cuatro años -y un regreso- dar con el cómo de esa historia. Ahora sé que esos carteles -son exactamente 80- forman una red memorial inaugurada en 1993 en homenaje a los judíos deportados de Berlín durante el Tercer Reich. Esparcidos en torno a Bayerischer Platz, visualizan lo que durante los años `20 se conocía como "la Suiza judía". De las 96 propuestas de recordatorio que se recibieron, la ganadora fue la de la artista Renata Stih y el historiador de arte Frieder Schnock.

Una semana antes de que el memorial se presentara oficialmente a la comunidad en la Rathaus Schöneberg, los artistas empezaron con el proceso de colgar los carteles. De un día para otro, la gente del barrio los vio sin entender de qué se trataba. Escandalizados, comenzaron a llamar a la policía alertando acerca de la aparición de leyendas anti-semíticas. Stih y Schnock tuvieron que añadir entonces, a su proyecto original de sólo dibujo y frase, la plaquita pequeña que va debajo, a modo de aclaración y contexto. 

El añadido no alcanza a opacar ese sentido primigenio. La simpleza de lo mostrado gana contundencia anclada a un cierto espacio físico. La plaza, el supermercado, la parada de bus: en sus bancos el judío no podía sentarse, en sus góndolas sólo podía comprar de 16h a 17h, en él podía viajar sólo si su lugar de trabajo estaba a más de 7km de su casa. 

La contundencia se agiganta por esa estética que replica la propaganda actual: el memorial se incorpora a la iconografía de los textos urbanos de hoy: las reglamentaciones anti-semíticas y el mundo actual se funden en asociación directa. Y entonces el paseante, sin texto explicativo que le señale la dirección en la que pensar, sin el velo distanciador que impone la retórica del homenaje ya deglutido, se ve enfrentado a una violencia que se presenta como dada y es ahí donde -como yo en el 2008- tiene que apañárselas para ver cómo reaccionar. 




http://www.berlinohnebier.blogspot.de/2008/09/vivo-en-wilmersdorf.html

sábado, 7 de julio de 2012

día cincuenticuatro

casi dos meses y millones de milchkaffee und kuchen después, mi cuerpo resiente el golpe: migraña, ataque al hígado, descompostura. mi mamá dice que deje de echarle la culpa a la torta y al café con leche y empiece a dejar el medio litro de cerveza diaria. 











viernes, 6 de julio de 2012

día cincuentitrés

Hoy llevé mate al curso de alemán. Lo raro no fue que todos preguntaran qué era, ni que preguntaran si era té, ni que sólo S. se animara a probar medio sorbo, ni que me miraran extrañados. Lo raro fue que todos -pero todos- se acercaran a olerlo. Vaya uno a saber con qué drogas se cruza el mate en sus imaginarios.

jueves, 5 de julio de 2012

día cincuentidos

Siempre hay un primer día para todo. También para subir a la torre de televisión. Nunca hasta ahora lo había hecho. Nunca más estimo volver allí. Pero el sol brillaba, el trabajo se resistía y el final del viaje se acerca. Motivos todos que llaman a la locura. Recordé que M. una vez había dicho que el dinero, la espera y la subida valían la pena: que la ciudad se te ordenaba desde la altura. Me tocó llegar hasta arriba para disentir. Supuse que yo ya debía tener la ciudad ordenada. Como siempre, uno mira y mira y sólo ve lo que ya conoce. No necesitaba subir tan alto para saber cuán cerca está Berliner Dom de Brandenburger Tor. Pero al lado mío, un nenito de menos de cinco años bajó del ascensor, miró por la primera ventana que encontró, señaló con el dedito hacia algún lado y no paró de gritar todo el rato que lo tuve cerca: "Mama, ich sehe die ganze Welt! Ich sehe die ganze Welt, Mama! Ich sehe die Ganze Welt!" ("¡Mamá, veo todo el mundo! ¡Veo todo el mundo, mamá! ¡Veo todo el mundo!).

miércoles, 4 de julio de 2012

día cincuentiuno

Dicen que el olfato es el sentido que mejor transporta la memoria. Eso creí yo cuando, yendo de la librería al mercado turco, encontré, a orillas del Kanal, un barcito colombiano que anunciaba, en su pizarra, jugo de lulo. Yo era doce años más joven la última vez que lo tomé. Es mi jugo de fruta preferido, aun cuando los vasos de ella que haya tomado se cuenten con los dedos de las manos. 

Por eso fue ver la pizarra y entrar. Le eché la culpa al tiempo transcurrido, a la emoción del momento, a la falsedad del efecto-magdalena de Proust: el primer sorbo no despertó ninguna memoria dormida; los últimos tampoco. A decir verdad,  el jugo de lulo no me supo a nada. Más bien me pareció feo. Me dije que la gente cambia y los gustos también. En algún lugar sentí como una pérdida el no tener ya un jugo de fruta favorito. 

Hoy entré a un barcito en un lugar de Mitte al que nunca voy. Estaba cerca de la caja, husmeando las tortas. No tenía por qué mirar dentro de la heladerita de bebidas, pero miré. Y vi: una botellita chica con jugo de lulo, 100% natural. Aun a sabiendas de que iba a volver a desilusionarme, la compré. La abrí varias horas después, más urgida por la sed que por el deseo. Y allá vinieron en tropel los recuerdos. Me bajé la botellita de un solo sorbo. Bendije las segundas oportunidades, maldije el jugo aguado del cafecito del Kanal, volví a enamorarme. 


martes, 3 de julio de 2012

día cincuenta

Antes yo creía que el colmo de la perfección era hablar un idioma extranjero sin acento. Me refiero al acento propio en el idioma que no es nuestro. Luego fui a mi primer Congreso enteramente en inglés y me fasciné escuchando lo que se suponía que era un solo idioma. El inglés hablado de una polaca, por ejemplo, era para mí incomprensible. Esa noche, de regreso en el hotel, pensé mucho en los sonidos que nos hacen quienes somos. Me pregunté por qué uno intenta tan desesperadamente emular a la perfección los sonidos de los otros. 

Estos casi dos meses en la Hartnackschule aprendí a disfrutar lo que pasa cuando eso no sucede. Allí nadie habla alemán: cada uno sigue hablando su idioma, pero con palabras alemanas. Pietro aspira las H al comienzo de la palabra. Ching corta toda frase en pequeñas sílabas. Yeng-Han susurra y sube la entonación al llegar al final de lo dicho. Ki pronuncia todas las O como U. Vladimir, todas las Rs como RRRRs. Ali no sé cómo habla, pero nadie puede desconocer que viene de Líbano. El único que habla perfectamente alemán es el ucraniano, pero ese no cuenta porque es el profesor. 


Cuando me vaya, cuando vuelva a casa, a mis días les va a faltar musicalidad. 




lunes, 2 de julio de 2012

día cuarentinueve

El habitante de Berlín vive para las cámaras. Las metafóricas, se entiende. Todo lo que viste, calza, carga o se cuelga encima es para marcar moda. Todo lo que bebe, también. Hace años tomaba Bionade. Hoy toma Club-Mate. Una bebida fría a base de té mate que -dice la etiqueta- es una planta de la selva que se utiliza desde hace siglos en Sudamérica y que contiene tanto cafeína como taninos. "Esta  combinación de valiosas sustancias, única en la naturaleza, hace de Club-Mate una bebida única, activa y estimulante, refrescante y vivificante". 

Desde que llegué veo la bendita botellita de Club-Mate en manos de todo el mundo. Muchas veces estuve tentada de probarla y muchas veces me contuve. Por pudor, por prejuicio y por principios. ¿Quién quiere tomar jugo frío de mate cocido pudiendo tomar mate amargo? Este domingo, sin embargo, sucumbí. N. me avisó, por mensaje de texto, que la cosa era rarita -"mate cocido con gas", fueron sus palabras- pero rica. Hacía calor, estaba en la calle, estaba cansada. Creí que no habría mejor momento que ese. Y compré. Desenrosqué la tapa. Subió el gas. Tomé un sorbo. Mi dios. El asco me duró cuatro horas.